De la extinción del toro de lidia

La vida sobre la Tierra es un tejido: millones de especies entrelazadas por relaciones y procesos dinámicos, interdependientes.  De ese conjunto de interacciones y procesos que se dan entre poblaciones y especies, se ocupa la disciplina de la ecología, nombre que también recibe, de manera menos técnica, lo ambiental y natural.  De la naturaleza e identidad de las especies se ocupan varias disciplinas dentro de la biología: la genética, la evolución y la sistemática.  Esta será una clara exposición desde la biología para explicar por qué el argumento de la tauromaquía como protectora de la “especie” del toro de lidia y defensora de la “ecología” es una obvia aberración técnica, un sofisma inaceptable dentro de cualquier discusión rigurosa con valor académico y legal.

¿Qué es una especie?  Esta es una pregunta que en sus detalles técnicos es objeto de intrincados debates dentro de la biología, debido a la diversidad de tipos de organismos (bacterias, animales, plantas, hongos…) a los cuales debe aplicarse la definición, y debido a la complejidad de los procesos evolutivos y ecológicos que dan origen a las especies.  Sin embargo, para los animales vertebrados de reproducción sexual, es posible una de las definiciones menos controversiales y simples de especie: un conjunto de individuos con rasgos genéticos y morfológicos comunes y distintivos y con el potencial de reproducirse entre sí.

Una especie puede tener muchas variaciones geográficas: a los grupos geográficos se le denomina poblaciones y tienen rasgos peculiares a pesar de los cuales pueden eventualmente reproducirse con individuos de otra población pero de la misma especie.  El particular fervor con el cual se han reproducido entre sí, desde hace pocos siglos, las distintas poblaciones humanas que evolucionaron aisladas unas de otras durante decenas de miles de años, nos ilustra tanto el concepto de especie como el de población: bajo los distintos rasgos corporales y pigmentos de ojos, cabellos y piel, un aborigen australiano y una caucásica nórdica pueden demostrar, procreando, que es más lo que tienen en común como miembros de la misma especie que lo que los separó como poblaciones.

Un señor brillante, metódico y sabio, que hace poco cumplió 200 años de nacido, de apellido Darwin, propuso que las especies evolucionaban, es decir sus rasgos cambiaban a lo largo de las generaciones, por un proceso que denominó la selección natural.  Las poblaciones de una misma especie, por estar viviendo en condiciones ambientales distintas, y al interactuar con diferentes especies de parásitos, predadores, presas y demás, van tomando rasgos (originados por mutaciones que surgen por simple azar pero que resultan beneficiosas para sobrevivir) que van diferenciándolas de las demás poblaciones.  Y muchas veces las poblaciones llegan a diferenciarse tanto entre sí que se pueden considerar ya especies distintas.

Hace algunos pocos miles de años, una especie animal, gracias a una inteligencia que resultaría perversa para el planeta, comenzó a realizar procesos evolutivos acelerados sobre otras especies de animales y plantas que encontró útiles.  A este proceso acelerado de evolución bajo la reproducción selectiva de individuos con rasgos deseables, se le conoce técnicamente como selección artificial y es lo que los humanos hemos hecho a través de la domesticación de especies silvestres de plantas y animales.  Domesticamos cabras, fríjoles, maíces, perros, arroces, cerdos y vacunos.  Entre los animales que domesticamos los perros y los vacunos resultaron particularmente versátiles y por selección artificial los humanos hemos dado origen a multitud de distintas razas de ganado vacuno y de perros.  Entonces ¿una raza no es una especie?  No.  ¿Una raza no es ni siquiera una población?  Tampoco.  Una raza es un conjunto de individuos domesticados que comparten rasgos comunes, distintivos, pero que genéticamente comparten los mismos rasgos generales de la especie domesticada, tanto que aún las distintas razas pueden reproducirse entre sí.  No son poblaciones, porque sus rasgos no evolucionaron por condiciones ambientales y ecológicas, y en relativo aislamiento geográfico de otros grupos, sino porque los humanos controlaban su reproducción.

¿Qué importancia ecológica tiene una raza?  Depende, pero en el caso de la raza del toro de lidia, ninguna.  La ecología se ocupa del estudio del conjunto dinámico de interacciones que tiene una población con el ambiente y las demás especies con las que comparte su espacio geográfico.   De esas interacciones depende su supervivencia y su evolución.  Hay especies que tienen una importancia fundamental para su ecosistema, para su entorno, porque afectan existencia de muchas especies más.  Así, por ejemplo, una especie de un polinizador, digamos una especie de abeja silvestre en la selva amazónica, puede ser vital para la reproducción de decenas de especies de árboles, arbustos y bejucos: si desaparece la especie de abeja en cuestión… ya se imaginarán las consecuencias.

La desaparición de una población, o de una especie entera, siempre tiene consecuencias ecológicas pues siempre afecta de alguna manera a las demás especies con las que interactuaba.  Pero la vida sobre la Tierra ha sido implacable: de manera natural millones de especies se han extinguido, pero la vida siguió, sigue.  En algún momento hace unos millones de años, eramos varias especies de homínidos en Africa.  Una de esas especies tuvo mejor suerte que las demás y sobrevivió, para desgracia de millones de otras especies, para sufrimiento de las otras especies animales que serían domesticadas…

A pesar de que las extinciones eran un proceso natural, las extinciones de especies causadas por el ser humano son trágicas para la vida sobre la Tierra.  Los procesos por los cuales se extinguieron millones de especies fueron procesos naturales que cambiaron los entornos pero crearon condiciones donde la vida podía seguir prosperando bajo otras formas.  Y fueron procesos que abarcaron cientos, miles, millones de generaciones de organismos.  Nosotros en un instante ínfimo de tiempo evolutivo hemos aniquilado y estamos aniquilando millones de especies y dejando un mundo arduo, tóxico, inclemente y estéril para la vida.

Y entonces, si se acaban las corridas y se acaban los toros de lidia, ¿no se está incurriendo en algún tipo de crimen ecológico?  No.  Sí, desaparecerá una raza de una especie domesticada.  Pero es una raza sin ninguna importancia ecológica y una entre muchas razas de una misma especie.  Es como si desapareciera una raza de perro: muchos echarían de menos a los San Bernardo, pero nadie educado y razonable hablaría de una tragedia ecológica.

Por todo lo anterior, es cínica y técnicamente equivocada la afirmación de que con el toro de lidia se extingue una especie y se comete una infamia ecológica.  Técnicamente ya hemos sido claros.  Y es cínica, porque el toro de lidia ha sido una raza criada para una razón de ser cruel: para hallar deleite ebrio y sádico, o ritual y estético, en la tortura de un animal.  El cinismo de los tauricidas radica en que su preocupación por la desaparición del toro de lidia no es por la raza misma, sino por la forma en que la usan y la abusan.  Cuando alguien lucha para evitar la extinción de una especie no lo hace porque desaparezca algo que le es útil para su placer egoísta, sino porque al desaparecer ese jaguar, ese tiburón, esa ballena, desaparecería un ser con un valor ecológico e intrínseco; un producto de millones de años de interacciones y de historias evolutivas.  Y desaparecería por la avidez y la codicia humanas.  Las mismas avidez y codicia que quieren posar de altruistas al pretender defender de la desaparición al toro de lidia.

Hay quienes creemos que ningún animal debe ser objeto del uso y la explotación humanas, menos aún de su crueldad.  Otros, por motivaciones distintas, nos acompañan en la lucha por la abolición de la tauromaquia.  Un motivo nos une: no toleramos la crueldad ritual, por más que algunos pocos aficionados la encuentren hermosa.  No vemos en la muerte, en últimas humillante, de un animal, una razón para criar miles a la espera de la tortura y la matanza.  Miles que cuando logremos la abolición de las corridas morirán, ojalá de viejos y ya no torturados, raza que si se acaba será porque ya no será rentable para la cínica y banal codicia de las ganaderías.  Contra la avidez por la tortura, la codicia y el egoísmo nos continuaremos enfrentando, continuaremos luchando legal y pacíficamente contra quienes por un gusto de tarde de fin de semana justifican el dolor y la muerte.  Y nada puede justificarlos.  Nada debe justificarlos.  La compasión vencerá.


Acerca de esta Entrada